jueves, 10 de octubre de 2013

El brillo de Dios



Cuenta una leyenda que Dios andaba medio enojado con el humano. Siempre lo invocaba para cosas que podía resolver solo o simplemente porque tenía miedo. Hasta por aburrimiento. El caso es que Dios se quiso esconder del hombre para descansar un tiempito aunque sea. Busco y busco hasta que se encontró con la catedral de Gaudí que estaba en plena construcción. Cuando Gaudí lo vio venir, como era un viejito astuto, se dijo: “A este lo encierro” y ni bien Dios entró a la catedral, Gaudí mandó a sus obreros a colocar los vitraux en las ventanas. Todo se iluminó de mil colores y la gente dijo “Ohhhhh”. Gaudí pensó: “Lo engañé” y Dios pensó “viejo vanidoso”. Pero no se preocupo porque la vanidad es el pecado de los ingenuos. El lugar le resultó muy agradable a Dios después de todo.  Vaya a saber por que el viejo ponía tantas estatuas juntas que hasta Herodes tenía una.
Desde entonces Dios se pasa las horas del día dentro de la catedral y de noche se va de paseo. Es por eso que cuando las personas ven la catedral desde afuera les parece que debe ser un lugar cerrado y oscuro y cuando entran los ciega la luz. Es el brillo de Dios que está escondido en algún rincón descansando. El viejo vanidoso les sonríe acariciando su barba blanca desde algún lugar del cielo. Al fin de cuentas tenía razón:  Había atrapado a Dios sin que Él lo notase.

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